Sonaban bonitos y alegres los diferentes ritmos. Mostraban dinamismo y energía las contrapuestas melodías. Me sentía a gusto dejando a mi cuerpo la libertad de sentir cada nota como si fuera la única.

De repente todo eso desapareció. Tuve que aprender a mantenerme registros parecidos.

Fui consciente de que no podía pasar de una danza clásica a una pieza de bollywood. De que no era factible el nivel de autoexigencia que arrastraba de antaño. En aquellos momentos bailaba para ser la mejor y ahora debía hacerlo para medir el dolor.

En mi interior no fue fácil el cambio, ni tampoco la vuelta al baile. Tras muchos años sin hacerlo por otros motivos, creí que era un buen momento para retomar.

Los primeros días, fueron los más tristes. Las razones eran que me removió muchos sentimientos que creí tener enterrados. El segundo motivo fue que me sentí muy limitada, en los movimientos, en la resistencia y sobre todo por el dolor que me ocasionaba. Lo único positivo es que pese a todo, el alma se me llenaba y el corazón sonreía. Me llamarás estúpida, pero lo necesitaba, lo extrañaba y aunque no lo imagines, lo soñaba.

Soy realista, y sé que probablemente tarde demasiado tiempo en volver a bailar más de media hora. Falta todavía mucho para poder pasar disfrutar de innumerables alegrías flamencas y que me tendré que conformar perfeccionando tanguillos.

Y… me da igual, no pienso abandonar. Ya me han puesto demasiadas trabas y otras muchas que quedarán por venir. Seguiré disfrutando de cada instante de la manera que pueda y el tiempo que pueda.

Ahora más que nunca, mi cabeza repite aquella maravillosa y profunda frase de «cinco minutos, son cinco minutos».

Cuánta razón tenías y que fuerza me transmitiste.

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