Injusto es la palabra que ronda en mi cabeza. No logro comprender como el ser humano es capaz de inculparse a el mismo y hacer responsable de los malos rollos a la persona de turno.

No considero que sea correcto y mucho menos generoso mantener siempre la razón en el ser.

A fin de cuentas, todos fallamos en numerosas ocasiones. Solemos repetir errores y caemos una y otra vez en personas que no son buenas para nosotros.

Todos te juzgan en el momento que te equivocas, en el instante en el que resbalas ya te señalan.

Pero curiosamente nadie se pone en tu lugar para ver cómo te sientes. Para darse cuenta de cómo afrontas cada despertar, de cómo la duda y la desconfianza te aprietan el pecho constantemente.

Absolutamente nadie es capaz de divisar tu lucha interna, porque aparentemente eres fuerte.

¿Qué cojones voy a ser fuerte? No tienes ni la más mínima idea de los pedacitos que me componen, de la angustia que me invade y menos todavía de la pelea interior que mantengo desde hace algo más de dos eternos años.

No tienes potestad, ni tampoco el coraje que se requiere para echarme en cara mi comportamiento. Para ello, deberías poner primero a prueba tu ánimo. Deberías acercarte a mi piel y sentir el frío. ¿Qué ostias frío? Sentir el hielo.

Parece que cuando el día lo inicio con sonrisas enmascaradas, soy una auténtica heroína. Pero por el contrario, cuando lo hago con tristeza, nadie entiende el motivo y mis intenciones teóricas son únicamente dañar.

Que injusto que se cuantifiquen las cosas acudiendo a diferentes escalas y a diversos sistemas métricos.

Las reglas del juego están claras, pero tú tienes siempre la responsabilidad de jugar tus cartas.

Tú decides si las mueves limpiamente o con trampas.

En el fondo, tan solo es un juego, pero he de decirte, que deja al descubierto la composición de tu corazón.

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