Cuando hablamos de educación debemos de tener en cuenta el desarrollo cerebral del niño y su desarrollo psicoevolutivo. Si conocemos cómo funciona el cerebro del niño y del adolescente, será más fácil intervenir cuando surjan los conflictos propios en la educación. Debemos de tener en cuenta, que autores como Daniel Siegel nos hablan del desarrollo cerebral completo alrededor de los 25-30 años y estudios actuales de Neurociencia evidencias que incluso las funciones ejecutivas tardan en completar ese desarrollo incluso algunos años más.

Con todo esto se pretende arrojar luz al ámbito educativo y ver cómo esas funciones de autocontrol emocional que en ocasiones pedimos que tengan niños y adolescentes están en pleno proceso de desarrollo, somos nosotros, los adultos los que debemos ayudar a los niños a volver a la calma cuando no sepan manejar sus emociones, algo totalmente normal.

Y eso es lo realmente complicado, ya que no hemos sido entrenados en habilidades socioemocionales. Por lo tanto, cada conflicto puede ser una gran oportunidad para entrenar a los niños en esta gestión de sus emociones y en habilidades sociales.

En primer lugar, tener en cuenta sus emociones. Muchos autores clasifican las emociones como positivas y negativas, sin embargo, todas ellas han de considerarse como necesarias. Decirle a los niños que entendemos cómo se sienten cuando no saben gestionar sus emociones, mostrar empatía diciendo que nosotros posiblemente nos sentiríamos igual en su lugar, nos permite conectar con ellos para posteriormente corregir una determinada conducta o para encaminarles hacia la gestión de esa emoción. Posteriormente, cuando se haya gestionado la emoción del niño o adolescente, será el momento de establecer límites, recordar normas y fomentar la responsabilidad.

Esta conexión hace que bajen los estresores emocionales para poder recuperar un cerebro racional y poder buscar juntos la solución adecuada. En este proceso estamos trabajando la validación emocional, la escucha activa, la empatía, la negociación, la comunicación, la resolución adecuada de conflictos, el autocontrol, la asertividad, el respeto y la cooperación.

Este camino no es fácil, puede que nos equivoquemos en el proceso de enseñanza-aprendizaje, pero los adultos también podemos pedir perdón a los niños o adolescentes si nuestro cerebro o emociones, nos juegan una mala pasada. Recordemos que somos el espejo que queremos ver reflejado en los más pequeños.

Erika Navarro Vega
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