La exclusividad es algo que en teoría, está supervalorado en esta sociedad que a veces, me parece demasiado vanidosa. No estoy en contra de quererse a uno mismo, claro que no, siempre y cuando, quieras también al otro.

Lo que me parece es que precisamente el asuntito está, en que no nos queremos lo suficiente, y cualquiera, con su sutil juicio sobre nosotros mismos, puede influir en algo tan importante y vital como lo es la autoestima.

Pero lejos de ejercer aquí mi profesión de psicopedagoga y ponerme a hablar en términos técnicos, voy a reivindicar ni más ni menos, el hecho de querernos tal y como somos.

¿Acaso es tan complicado aceptar el propio yo, y lo que ha supuesto en el tiempo en que por este hermoso mundo hemos viajado?

Siempre me ha parecido de lo más curioso ese comentario, que a menudo suele salir en tertulias de bar o entre charletas de amiguetes, de que “veo mis fotos de cuando tenía 15 años, y me da grima, porque de las pintas que llevaba, ni me reconozco!”.

Yo, seguidamente después de oir lo que para mí es algo bastante negativo, me invade una sensación de pena profunda, entremezclada con un irrefrenable deseo de reirme a mandíbula batiente. Pero creerme, lectores, que he tenido que reprimirme en más de una vez aquello de “pues eras tú, tú mismo, sin sentido del ridículo, sin temor al juicio, sin miedo a lo que otros dijeran de ti, porque…. Eras libre y auténtico!”.

Eso es, ni menos, ni más! Quizá en realidad lo que sucede es precisamente eso. Que el hecho de verte con unos cuantos años menos, vestido a tu estilo por encima de lo que otros pudieran pensar, en actitud sonriente y con semblante desenfadado te asusta, porque ahora, ya lo quisieras.

La contaminación ambiental es peligrosa, y no, no voy a hacer aquí, aunque mi deseo sería, un manifiesto ecologista.

Estoy hablando de ruido social, de que la vida para muchas personas es subirse en una noria, y que el que tiene la función, dirija su viaje sin que nada se pueda hacer para ir contracorriente. Eso es exactamente lo que te sucede, querido lector, cuando ves las fotos de tu adolescencia, etapa en la que vivías por y para ti, y te importaba un bledo lo que pensaran otros de tu ropa, de la música que escuchabas, o de si tenías 5 o 10 pearcings por todo el cuerpo, más otros tantos tatuajes.

Ahora ya como tienes 30, 40 o 50 años y seguramente un trabajo reputable y una familia a la que mantener, no deseas ir a buscar a tu verdadero yo, ese que aparece frente a ti para recordarte quien eres en realidad, cuando ves esas fotos enpolvadas del álbum de los recuerdos.

Ese eres tú, y sigues siendo tú, por mucho que ahora, temeroso de que te traten de loco o de freaqui o te digan que no has formalizado lo suficiente, te reprimas para crear y alimentar ese constructo que tu entorno te obliga a que sigas.

Me encanta sentir con el alma y con mi imaginación, si queréis un término menos metafísico, y poder ver fotos de cuando yo tenía 14 o 17 años, porque sigo viendo a Sara, a la Sara de hoy, con sus pendientes grandes y de colores chillones, con su ropa de estampados llamativos, y con su sonrisa de oreja a oreja, porque en realidad sabía que no iba a perderla jamás.

Sí, sigo siendo yo, aunque mis células me digan que tengo 35 primaveras ya. Pero la edad no se lleva en el DNI, sino en el espíritu, y no, no pretendo seguir el topicazo de la frase hecha.

Digo lo que creo, escribo lo que siento y pienso.

Por eso, amado lector, hoy quiero decirte que no es incompatible el crecer y madurar, con tener por ello que alterar tu verdadera esencia, esa que seguramente te sale cuando hoy, que eres papá o mamá, juegas con tus niños a las barbies o a los playmovil.

Ese eres tú, y no deberías sentir vergüenza al verte en las fotos de cuando eras más joven, porque tu esencia, está ahí y sigue estándolo a día de hoy.

Quiérete, acepta que aunque el tiempo haya pasado, tu espíritu, no tiene porqué ir al compás de algo tan arbitrario como lo es el sistema temporal.

¡¡Eres único, como tú, no hay dos!!!

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